Alimentación basada en plantas: una reflexión desde la salud pública
Hablar de alimentación desde la salud pública implica mucho más que referirse a nutrientes o recomendaciones individuales. Significa analizar los sistemas alimentarios que sostienen lo que comemos, así como sus impactos en la salud humana, el ambiente y otras especies, además de las implicaciones sociales, económicas y éticas asociadas a los modelos actuales de producción masiva de alimentos.
Desde mi formación como licenciado en Nutrición Humana y, actualmente, como estudiante de la Maestría en Salud Pública Integral, he tenido la oportunidad de reflexionar sobre cómo nuestras decisiones alimentarias están profundamente vinculadas con dichos sistemas. En particular, la producción masiva de alimentos de origen animal —impulsada por dinámicas comerciales y patrones de consumo dominantes— ha generado impactos ampliamente documentados en la salud poblacional, el medio ambiente y el bienestar animal.
En este contexto, la alimentación basada en plantas deja de ser únicamente un estilo de vida o una elección individual para convertirse en una discusión relevante de salud pública. La evidencia científica actual demuestra que es posible cubrir adecuadamente los requerimientos nutricionales a través de patrones alimentarios centrados en alimentos de origen vegetal, al mismo tiempo que se contribuye a la prevención de enfermedades crónicas no transmisibles y a la reducción del impacto ambiental asociado a la producción de alimentos.
Las Guías Alimentarias Saludables y Sostenibles para la Población Mexicana reconocen esta relación y promueven patrones de alimentación que priorizan los alimentos de origen vegetal, el consumo local y prácticas de menor impacto ambiental. Estas recomendaciones se alinean con los Objetivos de Desarrollo Sostenible, en particular el ODS 12 (Producción y Consumo Responsables) y el ODS 15 (Vida de Ecosistemas Terrestres), al tiempo que contribuyen al ejercicio del derecho humano a una alimentación adecuada.
Asimismo, es importante reconocer que los sistemas dominantes de producción intensiva de animales están asociados con otros retos relevantes de salud pública, como el uso excesivo de antibióticos y la resistencia antimicrobiana, la deforestación, la degradación de los suelos y el incremento de las emisiones de gases de efecto invernadero. Transitar hacia modelos alimentarios más sostenibles puede contribuir, de manera directa e indirecta, a mitigar estos problemas estructurales.
Desde la salud pública, repensar nuestra relación con los animales no implica únicamente asumir una postura ética, sino también identificar una oportunidad para avanzar hacia sistemas alimentarios más justos, coherentes y sostenibles, en consonancia con los desafíos actuales de nuestra sociedad. La reducción del consumo de alimentos de origen animal, cuando se realiza de forma colectiva, informada y gradual, tiene el potencial de influir en los patrones de producción, respondiendo a la lógica de la demanda que guía a la industria alimentaria.
Formarnos en salud pública también implica adoptar una visión integral de la salud, reconociendo que nuestras decisiones individuales y colectivas están condicionadas por políticas públicas, mercados, contextos sociales y marcos culturales. Como comunidad académica, tenemos la responsabilidad de promover discusiones críticas, basadas en evidencia, que nos permitan construir alternativas orientadas al bienestar colectivo, la sostenibilidad y la equidad entre las distintas formas de vida que compartimos el planeta.
Por: Suriel Mellado Aceves, Licenciado en Nutrición Humana,
Estudiante de la Maestría en Salud Pública Integral,
Escuela de Salud Pública de México (ESPM-INSP)